los monos bubuanos

Había una vez una extraña selva llena de monos bubuanos. Los bubuanos eran unos monos de largos brazos y piernas cortitas, que dedicaban todo el tiempo a adornar sus brazos de coloridas y brillantes pulseras. Cada cierto tiempo les visitaba el macaco Mambo, con su carro lleno de pulseras y cachivaches. En una de sus visitas, apareció con una enormes y brillantísimas pulseras, las más bonitas que había llevado nunca. Y también las más caras, porque nunca antes había pedido tanto por ellas.
Todos los bubuanos, menos Nico, corrieron por todas partes a conseguir plátanos suficientes para pagar su pulsera. Siendo tan caras, tenían que ser las mejores.

Pero Nico, que guardaba plátanos por si alguna vez en el futuro hicieran falta, y que a menudo dudaba de que todas aquellas pulseras sirvieran para algo, pensó que eran demasiado caras. Pero como no quería desaprovechar la visita de Mambo, rebuscó entre sus cachivaches algo interesante, hasta dar con una caja extraña llena de hierros torcidos. "No sirve para nada, Nico", le dijo el vendedor, "puedes quedártela por un par de plátanos".

Así, Mambo se fue habiendo vendido sus pulseras, dejando a los bubuanos encantados y sonrientes. Pero al poco tiempo comenzaron a darse cuenta de que aquellas pulseras, tan anchas y alargadas, no dejaban mover bien los brazos, y eran un verdadero problema para hacer lo más importante en la vida de un bubuano: coger plátanos. Trataron de quitárselas, pero no pudieron. Y entonces resultó que todos querían los plátanos de Nico, que eran los únicos en toda la selva que no estaban en los árboles. Así, de la noche a la mañana, Nico se convirtió en el bubuano más rico y respetado de la selva.

Pero no quedó ahí la cosa. Aquella caja de raros hierros torcidos que tan interesante le había parecido a Nico y tan poco le había costado, resultó ser una caja de herramientas, y cuando Nico descubrió sus muchas utilidades, no sólo pudo liberar a los demás bubuanos de aquellas estúpidas pulseras, sino que encontraron muchísimas formas de utilizarlas para conseguir cosas increíbles.

Y así fue como, gracias a la sensatez de Nico, los bubuanos comprendieron que el precio de las cosas nada tiene que ver con su valor real, y que dejarse llevar por las modas y demás mensajes de los vendedores es una forma segura de acabar teniendo problemas.


Cuentos para dormir

si quieres que te compren un producto véndeselo  a un niño

Artículo de ConsumeHastaMorir -- http://www.letra.org/spip/article.php?id_article=1979

Si quieres que te compren tu producto véndeselo a un niño

María González

Según un estudio que la Universidad de Alicante está llevando a cabo desde el año 2005 y que concluirá en el

2008, los niños tienen el 50% del peso en la capacidad de influir en las decisiones de compra de la familia.

Este hecho no es desconocido por los publicistas, que cada vez más dedican sus esfuerzos a convencer a ese

público infantil, aunque los productos anunciados sean para adultos. Así que no es de extrañar ver anuncios de

coches que van dirigidos a niños y niñas con el objetivo de que éstos persuadan a sus padres en las decisiones de

compra. Es el caso, por ejemplo, del Seat Altea XL, en cuyo anuncio salen un montón de muñecos que se dirigen a

meterse en el coche, o el Nuevo Scenic, en el que un elefante de gesto amable aparece sentado en el asiento de

atrás del coche junto con un niño y una niña.

Aunque parece de locos, este mecanismo funciona cada vez mejor en una sociedad en la que se concibe el

consumo como el fin para conseguir una buena calidad de vida, como la terapia para solucionar los problemas y

como un modo de demostrar los sentimientos. Si no tienes tiempo para estar con tus hijos la mejor forma de

compensarles es comprando lo que te piden.

Cada vez más los niños y niñas que son educados en un mundo de marcas, de modo que aprenden a crear su

identidad a través de los logos de las multinacionales que llevan en la ropa. Y esto se consigue dejando que los

publicistas campen a sus anchas en unas ciudades cada vez más saturadas de anuncios, y en unas casas en las

que la televisión está encendida, de media, 3,5 horas al día. Según el Consejo Audiovisual de Cataluña, los

menores de entre 4 y 12 años dedican 990 horas anuales a ver la televisión frente a las 960 que se destinan al

colegio y los estudios. A nadie se le escapa, claro está, que en esas horas destinadas a ver la tele, los niños y las

niñas aprenden cuál es la ropa que se lleva, cuál es la comida que está más buena (que no la más sana) y cómo

deben divertirse.

Con este panorama el círculo se cierra con facilidad, los niños y las niñas aprenden pronto cómo desenvolverse en un mundo marcado por los dictámenes del consumismo, y descubren lo fácil que es convencer a sus padres y

madres de qué es lo que tienen que comprar. Así las grandes marcas, conscientes de quien manda en la casa,

fidelizan a los más pequeños/as mientras la sociedad mira impasible los problemas ambientales y sociales

derivados del consumismo.